1 Juan 2:8, 15-17

8) Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en Él y en vosotros, porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra…
15) No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.
16) Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.
17) Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

Dios nos enseña en su Palabra que desde hoy ya tenemos vida eterna (Jn 5:24; 6:47; 6:54; 10:28), y nos instruye a poner nuestra mira en la eternidad (Ga 2:20; Col 3:1-2; He 12:1-2) pero el mundo cada vez nos ataca con más intensidad, sembrando ideas en nuestras vidas, lejanas a nuestro verdadero propósito en Cristo. Cada vez más creyentes viven (o vivimos) buscando metas mundanas en el sentido estricto de la palabra. Nos desvelamos por obtener un título escolar, pero nos alejamos de las noches de oración que fueron la única luz en tiempos de oscuridad. Gastamos miles de pesos por tener una porción de tierra en esta vida, y dejamos de trabajar por esa morada que nuestro Señor fue a preparar. Corremos para alcanzar la meta que Dios nos dio con normas que el mundo nos dicta, y de esa manera nunca alcanzaremos esa meta (1 Co 9:24).
El primer mandamiento que se encuentra escrito en la primera carta de Juan es precisamente este: “no améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo”.
La plenitud genuina sólo puede ser producto del amor de Dios en el hombre. A medida que dejemos de amar las cosas del mundo, el amor de Dios dará cada vez más llenura a nuestra vida. Comprar un auto del año trae un gozo pasajero, y al año siguiente llegan cientos de modelos nuevos que se llevan el gozo, y traen una nueva ambición. Justamente el Predicador dijo: “vanidad de vanidades, todo es vanidad”.
Pero Dios da una promesa permanente. María, la hermana de Lázaro, abandonó un año de trabajo por derramar un perfume precioso para la sepultura del Señor, y es recordada hasta el día de hoy (Jn 12:1-8).
Hoy es el día perfecto para abandonar aquel amor infiel e inconstante del mundo, y amar a Dios con todo nuestro corazón, y con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas (Mr 12:30)