La luz y el amor

1 Juan 2:7, 9-11

7) Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio; este mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído desde el principio…
9) El que dice que está en luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas.
10) El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo.
11) Pero el que aborrece a su hermano, está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han segado los ojos.

Cada pecado, cualquiera que éste sea, hace necesaria la confesión para poder seguir en luz. De todos los pecados, el odio debe ocupar un lugar muy serio, pues se nos ejemplifica la condición de estar en tinieblas con este pecado.
El enojo llega a ser cada vez más normal en nuestras vidas, y manifestar desagrado o molestia no es de lo que nos está hablando este pasaje, y no necesariamente es una conducta pecaminosa manifestar enojo por algo. De hecho la Palabra de Dios nos enseña a aborrecer el mal (Pr 8:13) o airarnos sin pecar Ef 4:26 pero también nos enseña a evitar la ira (Pr 15:18; Ti 1:7). Sin embargo el texto de hoy nos habla de una situación más oscura e intencional. No nos habla del odio al chofer que no conocemos y se atravesó descortésmente, ni al peatón que siempre nos causa molestia por no usar el puente peatonal. Seguro que no habla de la persona que nos irrita por dejar su basura en el césped para que otro la levante. Estas personas las olvidamos 5 minutos después y quizá no las volvamos a ver (y en verdad no quisiéramos verlas de nuevo).
El texto de hoy nos habla de una condición (estar en tinieblas) y un estilo de vida (andar en tinieblas) según el versículo 10. No sólo es un odio a un extraño. Es más bien aborrecer a tu propio hermano, alguien que vez frecuentemente. Un hermano de la congregación. Tu esposa o hijo quizá. Y que por alguna razón causó un odio profundo en tu corazón. Pudo ser por un insulto, por haberte defraudado en un negocio, o por haber hablado mal de tu esposo(a) o hijos. El odio por tu hermano sin duda se convierte en un agente activo y muy nocivo en la vida del creyente. Provoca ceguera, y si alguna vez te has golpeado el dedo meñique del pie por la noche cuando la luz está apagada, sabrás muy bien que andar en tinieblas provoca muchos golpes y caídas.
La respuesta es precisamente ese mandamiento que ya nos había dado nuestro Señor, amarnos como Él nos amó (Jn 13:34). El texto no nos enseña una terapia hasta poder amar. Amar a tu hermano es una decisión que debemos ser capaces de tomar si hemos creído en el sacrificio de amor de Jesucristo por nosotros. Es una decisión que a veces argumentamos diciendo “no estoy listo para perdonar”, “perdonar lleva tiempo” o con frases tradicionales como “deja que el tiempo cure”, y aunque suenan muy bonitas, son sólo tradiciones de hombre (Col 2:8) y viles mentiras. ¡Pura necedad! Amar es imperativo.
Dios no quiere un corazón lleno de odio en sus hijos. No quiere ver a sus hijos tropezar y caer. Que Dios, que es Luz, guíe nuestra vida en amor


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.