1 Jn 2: 1-3, 6

1) Hijitos míos, estas cosas escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.
2) Y Él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.
3) Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos…
6) El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo.

En muchas ocasiones en las Escrituras se nos exhorta, anima y ordena a no perseverar en el pecado (Ro 6:1-4, 16; 2 Co 5:17; Gal 2:20; Col 3:1-2) , pues la seguridad del perdón de Dios no produce deseos de seguir pecando sino lo contrario. Dios nos enseña una vez más que el motivo de su perdón incondicional al confesar nuestros pecados no es un permiso para pecar. Es de hecho para todo lo contrario, para que no pequemos.

Nuestro Señor Jesucristo se revela como nuestro abogado, como el justo y como la propiciación por nuestros pecados, y un abogado no puede llamarse justo, eximiendo a un pecador, si no presenta la propiciación por los pecados. Suponer que podemos pecar sin mayor preocupación sólo porque el Señor Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados sería mas absurdo que volver al interior de un edificio en llamas justo después de haber escapado de allí. Tal mentalidad no podría estar más alejada de la verdad.
Somos llamados a guardar sus mandamientos. A recordar el propósito de la nueva criatura que somos. Nuestro deber es andar como nuestro Señor anduvo. Podemos llegar a fallar, pero nunca debemos perder la razón de nuestra existencia, andar como Él anduvo. Bien hacemos en llamarnos Cristianos, si nuestro sentido del deber es andar como Él anduvo. Alentémonos con las palabras del apóstol Pedro:
Pero, si alguien sufre por ser cristiano, que no se avergüence, sino que alabe a Dios por llevar el nombre de Cristo. 1 Pe 4:16 (NVI)